Mes: septiembre 2010

Autores y lectores

Antes que escritora, soy lectora. Y, gracias a mis lectores, leo de forma distinta.

Me explico. En mi etapa A.E.P (antes de  escribir y publicar), leía,  criticaba y /o recomendaba títulos con una soltura casi irreflexiva: su autor/a me quedaba tan, pero tan lejos que ni se me ocurría incluirle en la ecuación. Como si los libros se escribiesen solos.

En mi etapa D.P. (después de publicar), cuando otros han leído y leen lo que escribo, se me volvieron las tornas. Me he dado cuenta de hasta qué punto son importantes los lectores, no sólo para la vida comercial de un libro sino como soporte emocional de quien lo ha escrito.

Imagino que cada autor contará de la feria según le vaya. Para algunos, escribir puede ser -o presentarse- como un acto autocontenido, que no requiere de interacciones sucesivas. En mi caso, cuando escribo me esfuerzo por tender un puente que me acerque a otros miembros de la tribu. Y acabo y no sé siquiera si la cabeza del puente cruzo el río.

Mi suerte inmensa son esos lectores que sienten la necesidad de escribirme o hablarme para compartir su impresión. ¡Si pudieran atisbar el impacto de sus mensajes!

Por eso, en mi etapa D.P., he  modificado mis reglas de juego lector. Hoy son éstas:

– Si un libro no me gusta, lo dejo y me callo. Alguien hizo un esfuerzo por escribirlo. Por respeto, la cosa acaba ahí. Ni críticas públicas ni, mucho menos, puñaladas. Frente a la irrelevancia, silencio.

– Si un libro me gusta, lo recomiendo a aquellas personas a quienes creo que puede interesar.

– Si un libro me emociona, escribo a su autor y se lo agradezco. No espero que me responda. Sólo confío en que mis palabras le ayuden en esos días en que entre la mente y el teclado se extiende una distancia insalvable. Igual no le sirven: igual sí. Pero considero que es mi responsabilidad apoyarle para que continue intentándolo.

Esta última regla la  he aprendido de quienes me leen. La hago pública, como homenaje y para que quede constancia.

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La identidad digital, el perdón y el olvido

Internet no olvida. ¿Olvidaremos nosotros como sociedad? ¿Cuánto tiempo deberá transcurrir antes de que perdonemos una «indiscreción digital» (foto improcedente, comentario fuera de tono…) que continuará siendo pública mientras la Red exista? Si no existen el perdón ni el olvido digitales, ¿cómo podremos reinventarnos y empezar de nuevo?

Sobre estas cuestiones ha escrito Jeffrey Rosen un magnífico artículo, The End of Forgetting. Partiendo de un caso concreto -una estudiante de magisterio a la que su facultad negó el título por culpa de una fotografía en Facebook-, el autor analiza las implicaciones de esta inmortalidad digital en la que vivimos y para la que se plantean ya iniciativas como declararnos «en bancarrota reputacional» cada equis años, de modo que nuestro rastro digital no nos persiga para siempre.

Mientras el mundo anglosajón se pregunta por las consecuencias de una identidad digital distribuida y pervasiva, en nuestra cultura prevalece todavía la despreocupación: todavía consideramos que tener un número elevado de amigos en Facebook -sea cual sea su relevancia- es símbolo de status. No existe una reflexión sobre los pros y contras de la (sobre)exposición digital.

Es cierto que Internet no es la única tecnología que incide en nuestra privacidad -hace sólo una semana leí un publirreportaje dedicado a una empresa experta en el reconocimiento biométrico mediante «soluciones no invasivas, que funcionan a distancia y en movimiento, respetando así la privacidad e intimidad de las personas»  (las cursivas son mías). Pero Internet sí ofrece determinados mecanismos de autogestión.

Nuestra identidad digital no sólo depende de nosotros, sino que otros usuarios la conforman con sus opiniones y referencias. Eso no nos exime, creo, de reflexionar sobre qué tipo de persona queremos ser en la Red. Se dibujan dos extremos. En uno, los usuarios que estarán dispuestos a ceder parcelas de privacidad a cambio de lograr una mayor exposición. En el otro, los que abandonarán la Red porque no les compensará. En el medio, el resto de los usuarios. Cada cual decide donde se ubica. Lo importante es decidir en conciencia y no descubrir, a toro pasado, que nuestras huellas digitales dejan un rastro que no nos representa.  Hoy por hoy, la sociedad en red no perdona ni olvida.

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¿Realidad o ficción?

Al escribir: ¿imaginamos o recordamos? Si recordamos, ¿hasta qué punto es real el recuerdo? ¿Podemos recordad la realidad?

La distinción –si existe- entre lo real y lo ficticio es el tema que ahora me ocupa. No estoy sola. Dos de los autores con novedades para esta temporada se posicionan al respecto. Elvira Lindo deja claro que su próxima novela “no se trata, en absoluto, de una confesión«. Por su lado, Sergi Pàmies es menos reticente: “Somos ficción y realidad al mismo tiempo” .

¿Es necesario -y posible- trazar una línea que separe la vivencia personal de la realidad imaginada? Si los reality shows y la conexión digital instantánea nos saturan de hiperrealidad ¿es posible fijar los límites? Cuando se publicó Un hombre de pago tuve que abordar en todas las entrevistas la pregunta de si la novela era autobiográfica, es decir, si yo -personalmente- había contratado a un gigoló.  La insistencia podría deberse a la dificultad del periodista por encontrar una clienta “real”. A pesar de que haber repetido hasta la saciedad que se trata de una obra de ficción, la duda permanece: si la autora no lo vivió, por lo menos lo imaginó.  Esta presunción subyace en infinidad de correos que he recibido, de lectoras que quieren ser clientas y de hombres que quieren ejercer de gigolós (profesión en alza en tiempos de crisis) y me escriben para informarse de cómo funciona este mundo en realidad.

La mejor distinción se la he leído a David Shields :“180. Los autores de no ficción imaginan. Los autores de ficción inventan. Se trata de dos actos fundamentalmente diferentes, que persiguen objetivos diferentes. (…) La ficción plantea una pregunta retórica: “¿Y si esto hubiese sucedido?” La (mejor) no ficción declara algo más complejo: “Puede que esto haya sucedido”.

Lo afirma Shields en su formidable libro Reality Hunger. Pido desde aquí que se traduzca al castellano (a ver si hay suerte: la última vez que publiqué un ruego de este tipo, se atendió). Y añade: “192. (…) La imaginación y la memoria son gemelas siamesas y separarlas no resulta sencillo”. Que lo escriba el coautor de la biografía de J. D.  Salinger da que pensar.

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